Historia de los Encierros de Cuéllar

Los Encierros de Cuéllar presumen de ser los más antiguos de España y unos de los mayores atractivos para el turismo en Cuellar. Esta afirmación no se hace de forma gratuita, pues ya en 1215, siendo obispo de Segovia Geraldo, se realizó un sínodo ya que el episcopado tenía problemas con los laicos y eclesiásticos de algunas circunscripciones de la diócesis, concretamente con la de Cuéllar, Coca, Sepúlveda y Pedraza.  El sínodo dicta una serie de artículos que regulan la vida y el comportamiento del clero; en concreto el quinto artículo prohíbe a los clérigos que jueguen a los dados y asistan a “juegos de toros”, y si lo hicieran serían suspendidos de su ministerio. Ya en el siglo XIV, la reina Leonor, esposa de Juan I de Castilla, infanta aragonesa por su nacimiento, es señora de Cuéllar y a ella se quejan los hidalgos y pecheros de la Villa, y dando respuesta a estas quejas habla de que es costumbre inmemorial encerrar toros en Cuéllar. Con posterioridad, Beltrán de la Cueva, I Duque de Alburquerque, ratifica esta sentencia en todos sus puntos. En el Archivo Histórico de Cuéllar se conservan documentos desde 1405 que hacen referencia a festejos con toros. Además de los Acuerdos del Regimiento, que ya en 1484 ordenan el pago de toros a dos personas diferentes, desde ese año las referencias a toros son constantes en estos Acuerdos, sobre todo para pagar las fiestas de San Juan y del Corpus, aunque también se corrían toros por acontecimientos especiales, como el nacimiento de algún heredero de la Casa de Alburquerque o la visita a la Villa de estos señores, así como para la celebración del fin de alguna epidemia.

La Suelta

Con las primeras luces del día los cuellaranos corren presurosos hacia los corrales, falta poco y hay que coger un buen sitio para ver “la Suelta”. Aquí comienza el encierro y nadie quiere perdérselo. Gente a caballo y a pie se reúnen en los corrales del puente Segoviano del río Cega, a 3 Km. de Cuéllar, para vibrar con este momento. Son las 8:00, se acerca el momento, la gente nerviosa aporrea la puerta mientras otros buscan refugio a campo abierto, los caballistas esperan, hasta que por fin se abren las puertas… aflora el miedo, la adrenalina, la pasión, los toros salen del corral en estampida, hay gran confusión…, es el momento de los caballistas, que han de controlar a la manada para conducirla hasta el pueblo. En ocasiones algún toro logra escapar de los jinetes, la gente intenta encontrar refugio, se producen sustos, percances, alguna cogida… hasta que por fin los caballistas vuelven a controlar la situación. A pesar del peligro nadie quiere perderse “la Suelta”, ya que es precisamente esto lo que la convierte en uno de los momentos más especiales del encierro de Cuéllar.

Encierro por el campo

Comienza ahora el peregrinar del cortejo de los toros sobre el manto de pinares. En perfecta armonía toro y caballo se funden junto a la belleza del paisaje encaminado sus pasos por la cañada de la Reina se realiza un singular paseo que transcurre a lo largo de pinares, riberas, rastrojos y campos cultivados, por los que los toros, en su instinto de libertad, intentarán huir, lo que en ocasiones consiguen, y donde se demuestra la valía de los expertos caballistas que trabajarán sin pausa por mantener unida la manada hasta el fin del encierro. Peligroso sin duda es el paso de la manada por el molino de “El Botiller”, donde se pasa del pinar al campo abierto. Cuentan las crónicas y los
documentos medievales que ya desde finales del Siglo XV (hacia 1490) era costumbre “encerrar toros” a través de “panes y viñas”. Una costumbre que hoy perdura con toda su fuerza y belleza, gozando de un enorme arraigo popular. Suavemente se conduce a los toros por los campos de labor recién cosechados en busca de “el Descansadero” en el rastrojo de las Hontanillas, donde la manada descansa y los caballistas reponen fuerzas una copita de anís y un dulce.

Es la calma que precede a la tormenta, ya que momentos después, al filo de las 9:30 los caballistas guiarán los novillos hacia “el Embudo”, unión del recorrido por el campo con el recorrido urbano, donde se producen las primeras carreras a la vez que se oyen los últimos trotes de los caballos.

Ya asoma la silueta de toros y caballos en lo alto del cerro. Las garrochas apuntan al cielo de forma desafiante esperando el momento adecuado. Primero silencio y expectación, luego impaciencia y por fin griterío al ver la figura de los toros bajando en carrera alocada por el camino de “El Ferrero”. En la difícil tarea de introducir los toros por las talanqueras los caballistas aprietan a los toros en una veloz carrera colina abajo controlando a su vez que ninguno se desvíe cumpliendo su cometido de conducir los astados hasta el casco urbano. Llega el momento de los corredores que impacientes esperan la llegada del encierro para poder realizar sus carreras, es el recorrido urbano.

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